Elegía por Bruselas

 El 23 de marzo de 2016, con motivo de los atentados en Bruselas (Bélgica), escribí para el diario colombiano El Espectador -del que soy corresponsal en Londres y lo fuí durante 7 años en Bruselas- este testimonio y reflexión personal sobre el espiritu y la verdadera alma de la llamada “Capital de Europa”. Al cumplirse el primer aniversario de esa fecha trágica y El Espectador 130 años, lo reproduzco en mi Blog como un homenaje a la ciudad y su gente que me acogió y terminó de formar, que me abrió las puertas del mundo y que me dio amigos eternos. Y también al diario, que al igual que Bruselas, llevo en el corazón.

“C’était au temps où Bruxelles rêvait … Bruxelles chantait… Bruxelles bruxellait”, Jacques Brel

Me duele Bruselas, en lo profundo de mi alma triste. Mi ciudad ha sido brutalmente atacada por el odio extremista de un pequeño conglomerado que no acepta convivir con los valores occidentales y abusivamente invoca el Islam –una religión que igual que el cristianismo ordena el bien, prohíbe el mal y enseña el amor a Dios y a los hombres- para recurrir al terrorismo ciego invocando una falsa e inexistente Guerra Santa.

Me aflige igual que me había dolido en 2005 mi entrañable Londres cuando ese mismo odio nos sacudió con bombas el 7 de julio, también una mañana.

Mi vida ha transcurrido en Europa por un cuarto de siglo y Bruselas y Londres han sido mis ciudades, mis ejes vitales, en los momentos más definitivos de mi existencia. A ambas las he querido y quiero como mis ciudades esenciales, igual que Cali y Bogotá, donde me formé en Colombia.

Pero indudablemente que Bruselas, a la que cariñosamente llamo “petit village” (pueblo pequeño) porque es una capital multicultural relativamente pequeña -pero a su vez cómoda y tolerante- ejerció la mayor influencia; en ella precisamente trascurrió ese momento fundamental que nos marca para siempre.

Bruselas, la mágica e intimista del Art Nouveau, la de la súblime Grand Place, patrimonio de la humanidad y tal vez la plaza más bella del mundo (sobre todo en agosto cubierta con su gigantesco tapete de flores), está de luto. La Bruselas cosmopolita y fraterna de europeos, africanos, magrebíes y latinoamericanos; la de blancos y negros y todas las razas; la de templos, catedrales y mezquitas; la musical y vibrante del genial Antoine Joseph Sax y su mágico Saxofón inventado en 1840, interpreta estos días, temporalmente, música de réquiem.

La Bruselas de mis amores, la de mi querido cantautor universal Jacques Brel y del Jazzista “titán de la armónica” Toots Thielemans (lúcido y vital próximo a sus 94 años), la del pintor surrealista René Magritte, del arquitecto modernista Victor Horta, la del fértil Julio Cortazar y del gran Georges Prosper Remi, el inolvidable Hergé, creador de “Las Aventuras de Tintín”, las historietas que junto a los relatos de Julio Verne alimentaron mi sed viajera; esa Bruselas ya no es la misma.

Enfrentada por primera vez a esta violencia humana del odio ciego, Bruselas tiene miedo, pero es guapa y abundante en gallardía y entereza. Como me dijo el martes mi gran amiga “bruxelloise” de origen marroquí, Radia Saddouk, “nos devons nous relever, montrer que nos valeurs sont plus fortes et continuer a vivre comme avant” (debemos levantarnos, demostrar que nuestros valores son más fuertes y seguir viviendo como antes).

Mon “Petit Village”

En Zaventem aterricé el jueves 29 de junio de 1989 procedente de la soleada Costa Brava catalana y llovía y llovía. Pero del aeropuerto seguí directo a Lovaina la Nueva donde estudiaba y vivía mi hermano escritor Manuel José.

La pequeña estatua en bronce del Manneken Pis es un símbolo de Bruselas. Cumplirá 400 años en 2018.

Así que realmente llegué a Bruselas la mañana del lunes 3 de Julio, soleada. Pero en los 7 años siguientes en que la viví, disfruté y aprendí a quererla, el sol “brilló por su escasez”. Viniendo del trópico, donde el sol marca nuestro destino y nuestra rutina, me hacía falta y es el único reparo que le puedo hacer a la ciudad. Pero el hombre no controla el clima.

Los intensos fríos del primer invierno bajo cero y la falta de luz -aunque siempre supe que el sol estaba ahí, entre las tenues nubes grises- junto con la carencia de color pues en la ciudad priman los tonos oscuros y grises, la suplí con las riquezas de la vida “bruxellois” y la maravillosa plétora de amistades que contruí; griegos, belgas, suizos, brasileños, españoles, catalanes, ingleses, holandeses, mexicanos, marroquíes y colombianos. La realidad es que Bruselas me conectó con el mundo.

En mis primeros pasos me ayudó el inolvidable Aziz, el amable y servicial conserje marroquí del edificio en que siempre residí, en la rue Philippe Baucq 40, en el barrio de Etterbeek, vécino a las instituciones de la Unión Europea que alcanzaba a vislumbrar desde mi buhardilla. También Christos Zarifis, de Tesalónica y Ozeas da Silva, de Sao Paulo.

Llegué de recibir el Premio internacional José Ortega y Gasset 1989. Trabajé primero como corresponsal para El Mundo de Medellín, fundado por mi amigo Darío Arizmendi y luego en 1991 renové mi vínculo vitalicio con El Espectador que data de la época en que Roberto José Guerrero corría en Fórmula 2  en 1981. Muchos viernes amanecí gustoso escribiendo para el cierre de la sección internacional “El Espectador del Mundo”, con cubrimientos inolvidables como la disolución de Yugoslavia y las guerras étnicas que le siguieron, la crisis del sistema monetario europeo de 1992, entrevistas a Presidentes, Cumbres y Consejos Europeos,  y artículos y entrevistas para la serie “los Ases del Mundial” con que nuestro diario ganó el Premio Simón Bolívar 1995 como mejor trabajo deportivo en Prensa.

Además, nunca dejé la radio y trabajé para el servicio mundial en español de Radio Nederland como corresponsal y luego como Jefe de Redacción en Hilversun en 1995. También fui corresponsal interino de la Cadena Ser de España y de Caracol Radio, mi otra casa periodística en Colombia.

La verdad es que a partir de Bruselas descubrí, viajé y aprendí a amar a Europa, y pude ser testigo de varios de sus momentos históricos como la caída del Muro de Berlín en 1989, las primeras guerras de Yugoslavia de 1991 al 95 y la firma del Tratado de Maastricht que dio vida a la hoy Unión Europea en 1993. A partir de Bruselas estudié mis posgrados en Relaciones internacionales y Ciencias políticas, Estudios europeos y Desarrollo (en la Universidad de Lovaina la Nueva), y entendí, compartí y seguí el proceso de integración de la Unión Europea, como corresponsal y trabajando en la antigua Unidad de Información para América Latina.

Precisamente la estación de metro Maalbeek (la del atentado del martes) era mi parada principal, a la vuelta de mi oficina en la Unidad de Información para América Latina de la UE en la Rue d’Arlon. Siempre pensé que es la única estación de metro del mundo con nombre de cepa de vino! Y el vino, una de mis pasiones, fue otro leal compañero en una ciudad donde se organizan dos certámenes importantes: Monde Selection (desde 1961) y el Concours Mundial de Bruxelles.

Bruselas Turning Point (Bruselas momento crucial)

Bruselas es mucho más que “la capital de Europa” como eufemísticamente se la llama por ser la sede de las principales instituciones de la Unión Europea y alrededor de las cuales gira gran parte de su reconocimiento.

Tintín, el incansable aventurero creado por Hergé, es otro símbolo de Bruselas.

Fue mi punto de encuentro con amigos y colegas entrañables y para toda la vida, con los cuales compartimos jornadas de noticias, noches de cervezas y whiskies de malta, amores y desengaños, Fórmula Uno, conciertos de jazz y música clásica, festivales de trova cubana, rock, música africana y salsa, parrandas en el Bar-Salsa “Cartagena” en la Rue du Marché au Charbon.

Nunca olvido las pitas-gyros griegas en “Plakka” y “Hellas” a la vuelta de la Grand Place, las pizzas turcas en “Efes” en el barrio de Schaerbeek y las cenas de compadres en el restaurante familiar chileno de Adela, “Araucana”, en el barrio de San Gilles.

Crecimos, vivimos y gozamos juntos hasta que nos llegó la diáspora, pero hoy seguimos, aunque dispersos por el mundo, unidos dentro de una fraternidad con que Bruselas nos enriqueció y de la que todos estamos agradecidos.

Bruselas tiene una rica historia, alberga museos fantásticos como el de Africa Central en Tervuren, el Instituto de Ciencias Naturales con la colección de dinosauros más grande de Europa, tiene parques inmensos y lugares inolvidables.

Art Nouveau de 1899 e instrumentos musicales de siempre.

El Art Nouveau, preservado en cientos de edificios, casas, tabernas y restaurantes como “De Ultieme Hallucinatie” (La última alucinación), la Casa-Museo de Víctor Horta y el hermoso Museo de Instrumentos Músicales -con una colección de más de 7000 piezas de todas las épocas- es otro de sus símbolos.

Bélgica es además uno de los principales países impulsores del cómic en el mundo y el aventurero “Tintín” es su creación más importante. En Bruselas, el museo del Cómic tiene más de 6.000 cómics originales.

En Bruselas reí muchas veces con las diferentes indumentarias del Manneken Pis, uno de los símbolos de la ciudad, y su émulo femenino, la Jeanneke Pis, cerca de la famosa “Rue des bouchers” o Calle de los carniceros, pletórica de restaurantes en los que se disfruta la rica gastronomía del país y el plato típico “Moules et frites”, Mejillones con papas fritas. Y a propósito de “frites”, las mejores se comen a toda hora en el kiosko Maison Antoine, en la Place Jourdan, en Etterbeek, otra verdadera “institución europea” donde los funcionarios de la UE hacen cola para comprar y hasta la misma canciller alemana Angela Merkel ha saboreado esta especialidad belga.

Es además una ciudad de hermosas tabernas-restaurantes como el histórico Teatro Real de marionetas de Toone que data de 1830, y salones excelsos de Art Nouveau como “Falstaff”, “Le Cirio”, “La Mort Subite” y “La Porteuse d’Eau” o la barroca “La Chalupe d’Or” en la Gran Place, en la que vivió exiliado el poeta y dramaturgo francés Victor Hugo. En ellas disfruté más de un centenar de las extraordinarias y típicas cervezas belgas –trapistas, lambic y blanche-, las mejores del mundo y del “Pays de la Bière” (El país de las cervezas), con nombres tan éxoticos como Delirium Tremens, Judas, Kwak, Kriek, Doble Engendro, Monseñor, Duvel, Orval y Chimay, entre unas cuantas.

Tiene barrios históricos como Marolles (hoy en pleno rejuvenecimiento), el heterogéneo Saint Gilles en que vivió el otro gran pintor surrealista belga, Paul Delvaux, y en el que sobresale la bellísima alcaldía y el hermoso Hotel Hanon (obra maestra del Art Nouveau).

Al Manneken le llegó en 1987 su compañera.

Además está su centro histórico con las hermosas Galerías Reales pobladas de arístocraticos almacenes y muestras de arte, y recónditas tabernas de cerveza y estaminets escondidas en pasajes semi-secretos que para el turista corriente son imperceptibles como el “Au Bon Vieux Temps” (Los buenos viejos tiempos).

Couleur Café: Schaerbeek y Molenbeek

Los más grandes músicos belgas, Jacques Brel y Toots Thielemans, nacieron en los dos barrios con mayor concentración de población magrebí, estigmatizados hoy con ser la base del “yihadismo” internacional: Brel en Schaerbeek, al noreste, y Thielemans en Molenbeek, al noroeste.

Es un absurdo que la cuna de estos dos hombres de música y unión del espíritu, sean hoy centros de fractura, exclusión, desintegración y desarraigo, y caldo de cultivo del extremismo.

Mi Bruselas era fácil y respetuosa. Se podía caminar tranquilo a cualquier hora de la noche en cualquier barrio, bailar en las discotecas africanas de la zona de Matombé donde compartíamos con los “zairois” (congoleños) que vivían en la tierra de su antiguo colonizador huyendo de la dictadura de Mobutu y rumbeando en las noches, y luego con los ruandeses del exilio por la guerra civil entre Hutus y Tutsis.

Fruto de ese heterogéneo tejido social de Bruselas nació en 1990 el Festival “Couleur Café” (Color Café) en el espacio del histórico mercado Les Halles de Schaerbeek, en pleno centro de Bruselas y hoy convertido en Centro Cultural Europeo. En sus primeras ediciones disfruté de las músicas africanas y afro-cubanas, del famoso cantante congolés Papa Wemba, y bandas como la jamaiquina de Reggae “The Wailers” (la de Bob Marley) y la de Jazz cubano Irakere. El cantante colombiano de salsa Yuri Buenaventura actuó en 2007 y en 2014 en la celebración de los 25 años del Festival.

René Magritte, es uno de los grandes pintores surrealistas y uno de mis favoritos.

Bruselas me dio además la fortuna de escuchar en concierto a cantautores y músicos universales de todos los géneros como el senegalés Youssou N’Dour, el rey del Rai argelino Khaled, el saxofonista camerunés Manu Dibango (el “León de Africa”), al rey del pop africano  Salif Keita de Malí, la banda brasileña Olodum de Salvador de Bahía, las fabulosas Cesaria Evora de Cabo Verde y la argentina Mercedes Sossa, el pianista Philip Glass, grandes del jazz como Ahmad Jamal, Toots Thielemans y Stéphane Grappelli, el extraordinario violonchelista Mstislav Rostropovich y otras estrellas que irradiaron sus teatros.

Schaerbeek fue siempre un barrio multicultural y vibrante con una mayoría magrebí que llegó desde los años 70 cuando Bélgica recibió mano de obra proveniente de Marruecos, en agradecimiento a que ese país aportó más de 45.000 soldados que integraron las fuerzas norafricanas bajo el mando francés para defender el Reino en la segunda guerra mundial. Viví temporalmente en él con mi novia galesa de aquel entonces y nunca tuve problemas, aunque había fracturas sociales incipientes por la falta de integración de la segunda generación magrebí que explotaba la extrema derecha nacionalista flamenca del Vlamms Blok (hoy reconvertido en el Vlaams Belang) con un discurso xenófobo llamando a la expulsión de los inmigrantes.

Molenbeek tuvo un proceso diferente. Barrio dependiente de la industria del acero al que la crisis de la pre-guerra pauperizó, creció con la migración marroquí y turca musulmana de la mano de una fracasada reconversión. Hoy son los hijos y los nietos de aquellos marroquíes los que sufren el efecto de esa depresión, con un 45% de desempleo juvenil y la falta de políticas de integración en un área con 40% de población musulmana y 22 mezquitas, entre ellas la más grande de Bélgica, no lejos de la monumental Basílica cristiana del Sagrado Corazón en Koekelberg, una de las más grandes iglesias católicas del mundo y la mayor construcción en estilo Art Deco. Sin embargo, hay ejemplos de superación y éxito, como Vincent Kompany, capitán de la selección de fútbol de Bélgica, quien nació en Molenbeek.

Mirando al frente

Desde que llegué a Europa en 1989 he visto crecer gradualmente esa fractura y los odios, acrecentados por las guerras europeas (Ex-Yugoslavia) y occidentales (Irán, Irak, Afganistán, Libia, Siria) y los ojos ciegos a los genocidios de musulmanes en Bosnia, al desplazamiento, las diásporas y los refugiados. En 20 años la UE creció de 12 países en 1993 a los 28 de hoy y paralelo a su expansión creció la exclusión de minorías que hoy son el caldo de cultivo de los radicalismos. En Bruselas los jóvenes hijos y nietos de inmigrantes sin futuro económico, no se sienten belgas ni marroquíes y se convierten así en un blanco fácil para los reclutadores del yihadismo. Allí está la fuente.

Bajo su cielo gris, en Bruselas conviven su mágica arquitectura y la multiculturalidad.

Los jóvenes terroristas implicados en los ataques en Paris y en Bruselas, Chakib Akrouh, Abdelhamid Abbaoud, Brahim y Salah Abdeslam, Khalid e Ibrahim El Bakraoui, y los fugitivos Mohamed Abrini y Najim Laachraoui, no representan a la mayoría musulmana de Bruselas, que no es radical. Pero pertenecen a la generación de los años 90 que creció bajo el odio y el rechazo de la extrema derecha belga y de una parte de la población del país.

En mi época bruselense se estimaba que la comunidad musulmana de Bruselas era de 100 mil personas (el 10% de la aglomeración de Bruselas en sus 19 distritos). Hoy asciende al 25,5% (más de 250.000 personas) y los expertos estiman que en los próximos 15 años, el porcentaje de musulmanes de la ciudad puede ser del 50% o más. Es el colectivo que más crece. Desde los años 70 a hoy se cuadruplicó la población magrebí con la reagrupación familiar, pero su integración no es la mejor.

El “estado de sitio” de la ciudad es consecuencia de la tragedia del martes, pero el tema es más serio y profundo. Es la radicalización de sectores del Islam y su prédica de acabar con Occidente. Su base son células de excluídos y fanáticos en las principales ciudades del mundo y su medio para captar a los descontentos son internet y las redes sociales. El alimento de su odio es la segregación y el rechazo a la sociedad occidental y a sus valores de respeto, libertad e igualdad. No es sólo en Bruselas; es en Madrid, en Paris, en Marsella, en Londres, en Birmingham, y otras grandes ciudades y capitales de la llamada Europa comunitaria, donde a veces pareciera que persiste la época de las cruzadas: musulmanes contra cristianos.

Sin integración, entendimiento, compartir valores de vida y paz, seguirán los odios y las fracturas, el descontento y los desencuentros. Como bien lo dijo la alcaldesa de Molenbeek, Françoise Schepmans, “ha habido una ausencia de políticas de acogida y de integración durante años y se ha vivido demasiado tiempo negando el problema”.  Es un tema humano, religioso y social que nuestro planeta no ha podido resolver desde hace casi mil años.

Hoy, mis  amigos marroquíes de Bruselas viven y comparten el dolor de la ciudad pero temen al aumento de esa fragmentación silenciosa gestada por años y a la estigmatización; una cruz a cuestas similar a la que los colombianos portamos prolongadamente gracias al nefasto narcotráfico y a la terrible y triste imagen que nos dió internacionalmente.

JCRD-2016

5 comentarios en “Elegía por Bruselas”

  1. Eric Van Schendel dice:

    Qué gusto de lectura sobre tu experiencia de Bruselas! Y pocos Belgas escribirían tan bien sobre aquello!

    Un abrazo
    Eric ( Madrid )

  2. Teresa Turriera dice:

    Gracias Juan Carlos.
    Siempre nos quedará Bruselas!
    Besos a todos

    Teresa Turiera

  3. Hola mijo,

    Lei con mucho carino el blog. Creo que Bruselas fue una parte muy importante de nuestras vidas. A pesar del tiempo y la distancia, no puedo olvidar que ahi inicie mi vida de pareja con Ana Maria, que ahi te conoci a ti y a tu hermano, y a muchos otros amigos, y que ahi pasamos muchos momentos especiales, de esos que no se olvidan. Hoy pienso en Londres, y ayer pensabamos en Paris y en Bruselas.

    Al final, nos vamos quedando con esos recuerdos, que nos dan fuerza.

    Por supuesto la multiculturalidad de Bruselas fue un factor importante. Ciudades como Bruselas afrontan un reto muy dificil, que es el de la tolerancia. Y cada dia sabemos menos lo que eso. Pero hoy, brindo por Bruselas y nuestra amistad.

    Un abrazo fuerte,

    Gerardo

    • Jukari dice:

      Querido Gerardo
      La nota me salió del alma. Compartimos mucho de esa Bruselas multicultural y vibrante y nos aportó más de lo imaginado.
      Tu concepto y comentario es muy valioso para mí.

      Un abrazo y lo mejor para ustedes,

      Juan Carlos