El abanico holandés

Mi madre adora los abanicos.

Tuvo muchos y diferentes; con seda, en pergamino, de papel de arroz, decorados, pintados a mano, y recuerdo con nostalgia uno hermosísimo con finas láminas de marfil tallado.

Eran orientales, españoles (sevillanos y valencianos fundamentalmente), pero no recuerdo si Mary tuvo abanicos holandeses, que seguramente la habrían refrescado mucho del calor de ciertos días que en Cali -donde vivió su juventud y ahora transcurre su madurez- son calcinantes y soporíferos.

El último es un recuerdo de mis amigos de Château Gazin, el más extenso de los famosos Pomerol y uno de los históricos de esta zona vinícola francesa porque hasta el siglo 18 fue la sede del “Hospital de Pomeyrols” que construyó la Orden de los Caballeros de San Juan de Jerusalén, Rodas y Malta, para acoger a los peregrinos del camino de Santiago de Compostella.

Fue un obsequio de Inés de Bailliencourt -uno de sus propietarios- y es color vino tinto con tejido de seda, fabricado en China y lleva impreso en su refrescante entramado el símbolo del Chateau; la Cruz de Malta de los Caballeros Hospitalarios de Pomerol, a la cual pertenezco desde la añada 2013.

Hoy, a sus 90 años Mary Domínguez García mantiene sus ojos vivaces y la sonrisa musical que siempre inundó nuestra casa y mi infancia y juventud. Tocaba la pandereta española y cual sevillana nativa jugaba con sus abanicos cuando nos danzaba para expresar la alegría de su inmenso corazón.

Deben ser sus genes andaluces, los de mi segundo apellido, Domínguez. Mi hermano, Manuel José, laureado escritor, dice que mi madre “tiene la capacidad de conquistar un corazón con un Do menor o un Fa mayor”. Qué es tan musical como un piano.

Tiene razón. Estudió música y ópera en el Conservatorio “Antonio María Valencia” de Cali y cantaba como los ángeles.

Pero además Mary tocaba unas bellísimas castañuelas de ébano con cordón rojo y amarillo, de las que se desprendían mágicos e inspiradores golpes musicales llevados ritmicamente por sus ágiles dedos.

Y aún hoy cuando nos encontramos en Cali, tocamos juntos las castañuelas, aunque reconozco que me falta aún mucha destreza para alcanzarla.

Pero nos reímos y alegramos juntos. Y después de la inspiración musical, se refresca con alguno de sus abanicos.

Del Valle al Altiplano

Mi padre en cambio no ha sido fanático de los abanicos. No los entiende…

Debo explicar que mi madre es de Buga, de la cálida planicie del Valle del Cauca y Juan Antonio de Boyacá, del interior de Colombia, de la tierra de Nairo Quintana, de las montañas campesinas.

A él le gustaban los abanicos de mi madre pero no entendía los ábanicos ciclísticos en Europa, aquellos que los pedalistas colombianos en los años 70 y 80 no habían practicado y por ello perdían decenas de minutos debido a los vientos de costado y las ráfagas de hasta 70 kmts/hora, que en nuestra geografía montañosa del altiplano andino y en el fértil Valle entapetado de cañaverales, no eran conocidos.

Nunca entendió como su paisano y extraordinario ciclista boyacense Rafael Antonio Niño, ganador de 6 Vueltas a Colombia y quien corrió para el equipo profesional italiano Jolly Ceramica, hubiera pérdido en 1974 en una etapa del Giro d’Italia más de 10 minutos en un corte ocasionado por vientos de costado

Pero es que en esa época los escarabajos colombianos no usaban los ábanicos, no sabían como formarlos para protegerse de esos vientos cruzados que a veces convierten las etapas llanas europeas en un infierno, en especial si hay lluvia; y perdían minutadas. Niño, al igual que muchos otros -antes y despúes- sufrió en carne propia los cortes por los vientos de costado, primero como pedalista y luego como técnico en los años 80 del equipo Café de Colombia que corrió el Tour de Francia.

Le Plat Pays = Mijn vlakke land (País llano)

Para quien no ha vivido en Europa, es difícil entender esos vientos, en especial en las costas del Mar del Norte, y sus desastrozas consecuencias. Confieso que en Colombia yo también me sorprendía con mi padre de esos “cortes” que bajaban del pedestal al asfalto a los excelentes ciclistas nacionales, convertidos a veces en hazmereir de los comentaristas y colegas europeos por su inexperiencia e ineficiencia en las etapas planas.

Tal como lo cantó hace más de medio siglo Jacques Brel en fráncés y flamenco, Flandes occidental -que corresponde a la zona plana entre el norte de Bélgica y Holanda, los llamados “Países bajos”- es un terreno extremo con el horizonte del mar del norte cubierto de brumas infinitas, de un cielo bajo y gris, poblado de dunas que detienen el mar y donde el viento del norte se descuartiza entre senderos de lluvia y ráfagas que en julio hacen temblar.

Los recuerdo bien porque viví en ambos países durante mi primera época europea; vientos poderosos y cortantes en la cara, gélidos en el crudo invierno de febrero cuando duelen las orejas, acompañados de lluvia transversal en marzo y abril, y violentos e impredecibles en junio y julio. Los descubrí y aprendí a respetar desde 1990, en mi primer invierno y los experimenté de pie, tanto en el mercado de la Gare du Midi en Bruselas como en el balneario de Knocke frente al mar, y luego en las noches de jueves y domingos en la autopista entre Bruselas y Hilversum (donde trabajé como Jefe de Redacción del servicio español de Radio Nederland) cuando el Opel Vauxhall sentía los sacudones de las ráfagas y chubascos que han sembrado de accidentes las autopistas entre ambos países. Daban miedo.

A diferencia de mi padre, yo experimenté esas ventiscas y trombas de agua y puedo entender el sufrimiento de nuestros ciclistas, impreparados para tamañas circunstancias climáticas y para las técnicas que permiten defenderse de los cortes en el pelotón.

El pelotón del Tour y la engañosa calma del Mar del Norte.

Los colombianos no viven en Europa y no tienen que luchar con ellos, mientras que desde hace siglos los holandeses y belgas han aprendido a enfrentar esas ráfagas de los vientos de costado. Sus ciclistas crecieron entre ellos, al igual que corriendo entre la red de rutas de adoquines, el pavé!.

En Europa continental, la costa holandesa es el lugar preciso para experimentar el poder del viento en carne propia y aprender a utilizar los abanicos, y mas aún en julio que es climáticamente el mes de los caprichos y de los misterios de la naturaleza.

El único pedalista colombiano que ha tenido esa experiencia es el antioqueño Mauricio Ardila, campeón en 2004 de la primera Vuelta a Gran Bretaña, otro país donde los vientos son terribles. Ardila, un rodador consumado con contextura europea (1,80mts), corrió seis años entre los vientos; primero con el equipo belga Davitamon (Hoy Lotto-Saudal) y luego con Rabobank desde 2006 hasta 2010 cuando terminó 15° en el Giro d’Italia, meses antes de  la disolución de la escuadra. Ardila ganó incluso etapas planas en Holanda.

Hoy corre para la escuadra Orgullo Antioqueño sus últimos kilómetros como profesional e indudablemente sería un gran instructor de los ábanicos.

El “corte” Zelanda y el ábanico 88

En la tarde del domingo 5 de julio durante la segunda etapa del Tour de Francia 2015 entre Utrecht y Zelanda, tuvimos nuevamente ese inesperado enfrentamiento con el clima salvaje del mar del norte y un corte en el pelotón a poco mas de 30 kms de la meta le costó a Nairo Quintana 1:28” con Froome; en el llano y empezando la prueba.

El británico estaba feliz al terminar ese domingo infernal de lluvia y rafagas de vientos que le hizo daño a Quintana y a Valverde, Pinot y Níbali. Descuido?, Falta de preparación?, Que importa. Ya es historia y dice que el “águila de Cómbita” perdió el Tour de Francia en el mar, en sus orillas y cruzando sus puentes, donde el ábanico 88 no funcionó: Fueron 88” que dolieron mucho tres semanas después cuando el Tour se perdió por 72 segundos.

Maestros de los molinos y los vientos del Mar del Norte

“Es una ventaja enorme para nosotros al estar en esta posición después de una etapa tan dura en llano”, dijo el líder del Sky, cuyo equipo junto al Tinkoff-Saxo de Contador y el Ettix de Rigoberto Urán, impusieron el ritmo de carrera y supieron aprovechar el ábanico para tomarle ventaja a los demás favoritos. Ese día, a orilla del mar, al “águila” se le emparamaron las alas. No es su culpa.

Es el terreno de los pesados pelícanos y de los albatroz. Nairo no sabía del mar picado y de la tormenta (de hecho conoció tarde el mar, apenas hace 5 años), ni de los vientos infernales que han obligado a sembrar la costa holandesa -al igual que la escocesa y el norte de Inglaterra- de turbinas para producir energía eólica, cual ventiladores gigantes que resguardan los Polders y los puertos del reino.

Era para lo único que no estaba preparado Quintana. Había mejorado sustancialmente su desempeño en la contrareloj, ganado el Giro d’Italia 2014 en el Stelvio bajo la lluvia y la nieve, igual que la Tirreno-Adriático en marzo de este año con una victoria en el Monte Terminillo, en condiciones dantescas.

La gran victoria de Nairo en 2015, la Tirreno-Adriático en Monte Terminillo.

Pero nunca había experimentado una tormenta de lluvia en el mar del norte con ráfagas de viento lateral de 70kms/hora y además su equipo, al igual que el de Nibali (campeón defensor), no estaban en la parte delantera del grupo en el momento del corte.

El caos causado por los vientos de costado, la lluvia y la tormenta, costaron un tiempo que luego fue fue irrecuperable, en un Tour diseñado de forma similar a los años 80 cuando en sus primeras participaciones los cortes en las largas etapas planas les costaban tiempo valioso a los colombianos. De hecho fueron siempre su talón de Aquiles y aunque hoy están más adaptados por su integración a equipos de primer nivel mundial, sigue siendo muy difícil para varios de ellos resistir esas etapas que a ritmos frenéticos organizan los tanques belgo-holandeses, nórdicos y germánicos o las “locomotoras especiales” anglo-sajonas del Sky.

Hace 30 años el terreno plano tenía etapas de hasta 300 kilómetros para “moler” las piernas de los escarabajos y distanciarlos antes de las montañas. En el Tour 2015, según la organización, el plano era para dar espectáculo, incluía bonificaciones -sólo en los primeros 10 días- y totalizaba algo más de la mitad del recorrido.

El sueño amarillo continúa

La transición del plano a la montaña la sintió Nairo luego de la primera jornada de descanso, en la décima etapa a La Pierre-Saint Martin. En un ascenso corto de 6 kms al mediano Col de Soudet -elevación de apenas 1.504ms-, Froome le aumentó 1:04” en la única etapa que ganó y el único día que atacó, sabiendo que en los Alpes el colombiano sería más fuerte.

El sueño amarillo continúa...y el abanico puede esperar.

Nairo reconoció que el ritmo que impuso Froome fue “demasiado para sus capacidades” pero el escalador confiaba en su preparación para la definitiva semana en los Alpes y recordó que en 2013 su rival mostró debilidad en los últimos días. Tuvo razón: el líder del Sky sufrió.

En los Alpes, en las montañas de verdad, de cuestas largas y rampas de gradiente superior a 8°, Nairo lo llevó al límite, siempre lo venció y le descontó 1:58”. Pero no le alcanzó para la ansiada camiseta amarilla en París. Aquel corte de Zelanda!.

El caprichoso clima europeo de julio es siempre una encrucijada, con tormentas inesperadas, chubascos y hasta granizo; en pleno verano puede ocasionar inundaciones y repartir tempestades que dañan cúltivos y cosechas y destruyen viñedos.

Y en Holanda le dañaron el sueño a 47 millones de colombianos que queríamos ver a Nairo de amarillo, en lo más alto del podio en Champs-Elysées.

Ah! pareciera que en Europa los ábanicos no son tan refrescantes con nosotros los latinoamericanos.

Hay que seguir aprendiendo a dominarlos.

4 comentarios en “El abanico holandés”

  1. Catela dice:

    Felicitaciones, Jk, y gracias por compartir tus anhelos y emociones. Nos transportas con la imaginación por lugares de ensueño.Nos inicias con esa hermosa fotografía de tu cariñosa mama, con esa armoniosa y dulce mirada y su honesta sonrisa,continuas mencionando a tu inteligente y explorador padre y a tu inquieto hermano, y tu, llenado un todo, tocando un compas musical de notas de castañuelas e un juego de abanicos,con un juego de novedades con tonalidades de fantasía y realidad.
    Me gusta tu articulo, y me lo gozo poco a poco leyendolo, una y otra vez, exprimiéndolo, sacandole el gusto y deleitándome con tus experiencias que me hacen aprender y enriquecer, mi poco conocimiento de todo ese abanico de los vientos y su recorrer.

  2. Claudia Quijano dice:

    Qué belleza de cuento!…un viaje muy hermoso!

    Un brindis por Mamita y sus abanicos…esos ciclistas tan sobrados dentro del viento, la lluvia y la tormenta…las emociones de millones de personas observándolos y viajando a través de los misterios de la naturaleza…un cuento tan rico con tus experiencias de Europa, Cali y más allá, acompañado de la sonrisa musical de Mamita y la alegría de su inmenso corazón cantando como los ángeles…muy, muy lindo!
    Te veo con el abanico holandés, la cruz de Malta, un esfero en el bolsillo, en bicicleta por las calles y totiado de la risa cuando te vemos!!!
    Felicitaciones por ésta hermosa obra.

    Un gran abrazo,

    Claudia

  3. Guillermo Ramirez Camacho dice:

    Sí Señor! Me identifico como testigo de, al menos una ocasión, el haber disfrutado escuchando a vuestra Madre, interpretando una melódica tonada en la casa de la Carrera 10. Con tu escrito, he logrado transportarme a aquella ocasión y recuerdo que la espontaneidad y naturalidad con las que nos deleitó, están vivas.
    No puedo decir que escuché un DO menor ó un FA mayor, estoy seguro que escuché un ALLEGRO total ! Acompañado con su sonrisa amplia y generosa y una mirada iluminada,dulce y amable
    No he sido ciclista, pero ni “amateur”. Sí he montado en biciclé.. y durante unas vacaciones en “El Darien”, tuve esa oportunidad y lo hice bordeando en un corto pero muy corto tramo, el Lago Calima, y JuanK, creeme, sentí viento de costado. No me afectó pues no estaba compitiendo, pero que lo sentí,lo sentí.
    Formo parte de ese gran grupo de Colombianos Optimistas, esperanzados en ver triunfar a nuestro de Crédito de Cómbita.Que si se hubiese ido cuando “pegó el primer jalonazo ” lo hubiese podido lograr, descontarle el tiempo ¿!!?
    Un abrazo y, ha sido de total agrado tu escrito. Muchas gracias por ese compartir…..

    • Jukari dice:

      Gracias Guillermo
      Con la misma sonrisa musical seguiremos queriendo a Mary y soñando que 2016 será el año en que Nairo nos de la victoria en el Tour. Ese día todos sacaremos nuestros abanicos y sentiremos el viento refrescante del tan luchado y esperado triunfo en Colombia y Latinoamérica. JK