Tributo y Brindis por Fernando España

Estoy de luto vinícola.

Fernando España Abadías, un amigo entrañable, un caballero a carta cabal, un gran enófilo colombiano, amante del vino y excelente catador, cumplió su ciclo vital y se ha ido dejándonos cientos de enseñanzas y anécdotas.

Hombre inquieto, avezado lector, educador del vino, gastrónomo y “bon vivant”, Fernando decidió abandonarnos este lunes, luego de haber compartido generosamente cientos de inolvidables tertulias vinícolas y excelentes botellas.

Desde muy niño, en su hogar de origen español, Fernando aprendió que el placer del vino es compartirlo, y siempre fue fiel a ese postulado. Por ello siempre hubo una gran química entre nosotros y cada encuentro era una ocasión para viajar por el mundo del vino, compartir, aprender, recordar y quedar siempre a la espera de nuestra próxima copa.

Nació en Huesca (Aragón), también cuna del gran director de cine español Carlos Saura, y llegó a Colombia a los diez años. Debido a la Guerra Civil española y la confiscación de sus bienes, su padre Josep María, ex-consejero de la Generalitat de Catalunya, llegó exiliado en julio de 1939, primero a Barranquilla y luego a Bogotá. En la capital del país existía una buena colonia de peninsulares y fue la tierra de promisión para los España.

Como parte de la cultura familiar, siempre hubo vino en la casa de Fernando, y sus papilas estuvieron expuestas desde pequeño, pero como el mismo lo confesó, fue en 1961, en  Nueva York, cuando se enamoró del vino definitivamente trás probar una botella de Château Mouton Rothschild 1953, el año del centenario de la adquisición del Château Brane-Mouton por el Barón Nathaniel de Rothschild. Y puedo certificar que Mouton Rothschild fue uno de sus vinos predilectos y las botellas más consentidas de su excelente cava personal.

Con Fernando compartimos el amor común por el vino desde nuestro encuentro en 1998 gracias al diario El Espectador, en el que el escribió durante varios años la columna Vitrina Vinícola. En 1996 yo había fundado y dirigía en el periódico la revista Autos, dedicada a la industria automotriz y el automovilismo, otra de mis pasiones. Además, Fernando era también un gran amante del Malt Whisky, y compartíamos el gusto por el Lagavulin, aunque era un fan del Macallan, mientras que yo lo invitaba a descubrir otros excelentes turbados como Ardbeg, Bruichladdich y Bowmore.

Fueron 16 años de una amistad muy profunda en la que compartimos y descubrimos juntos Grandes Reservas de Rioja, el extraordinario Weinert Malbec Estrella 1977, los vinos bolivianos de altura de la bodega Campos de Solana (en compañía del Embajador de Bolivia), el rarísimo y hoy descontinuado Whisky negro Loch Dhu, el Bruichladdich 16 years añejado en barril de 1er Cru de Sauternes, Château d’Yquem. La lista de botellas es extensa, como la generosidad que irradiaba Fernando.

Siempre era un gusto compartir con él y con su familia; su dinámica esposa María Teresa, su hija Juanita quien es sommelier profesional y fue nominada este año a la mejor de Colombia, y con su hijo Fernando José, próximo presidente para Colombia de la Chaîne des Rôtisseurs. Además, alrededor de Fernando siempre se podía contar con los mejores importadores y amantes del vino en Colombia.

Decía que para él era un placer compartir su amor por el vino. Y que mejor que compartir pasiones. Fernando estudió Administración de Empresas y desarrolló un gran conocimiento del vino gracias a su interés permanente, sus viajes y sus visitas a varias de las regiones vinícolas más famosas del mundo y su participación en distintas asociaciones gastronómicas como la Chaîne des Rôtisseurs, los Caballeros de la Buena Mesa y el Seven Friends’ Club. Precisamente en 1999 -el año de mi matrimonio- fue nombrado Grand Echanson honorario para Colombia de la L’Ordre Mundial des Gourmets Dégustateurs.

En ese contexto gastronómico, Fernando formó en Bogotá una cava de primer nivel con cientos de los mejores vinos del mundo, que era la envidia de la mía, más modesta y cotidiana. Nuestro contacto perduró hasta su muerte y cuando en  2001 me radiqué en Londres y me vinculé de lleno al mundo del vino en relación constante con los grandes Châteaux, productores, escritores y catadores, Fernando acostumbraba decir que yo “estaba en las Grandes Ligas” y siempre apoyó y respaldó mi proceso vinícola como catador internacional y periodista especializado.

Luego de concluída su experiencia de columnista en El Espectador, continuó su misión pedagógica y de educador y gracias al respaldo del Grupo Editorial Norma, en 2004 publicó su libro “El Vino, Conózcalo y disfrútelo”, que recopila buena parte de sus escritos y dedica varias páginas a la apreciación del vino, la cata y la armonía con los alimentos. Vale decir que es una de las obras que más aprecio de mi biblioteca.

A propósito de uno de mis viajes a Burdeos, le pregunté una vez cual era el vino bordelés que más recordaba de su paso por la capital mundial del vino, y su respuesta me sorprendió y me alegró al mismo tiempo: me contestó Clos de la Maréchale!. Sorpresa mayúscula porque es un vino clásico de Borgoña, de Pinot Noir; un Nuits-Saint-Georges 1er cru, y alegría porque es uno de mis preferidos y me queda un par de botellas en mi cava en Londres (1999 y 2000) de la época en que aún lo producía Domaine Faiveley. Me explicó que lo recordaba mucho porque era el vino que les ofreció como novedad el Sommelier de uno de los restaurantes más renombrados de Burdeos.

Fernando era sorprendente e inmensamente generoso. En 2005 le agradecí el obsequio que me hizo de su libro, precisamente con una botella de Clos de La Maréchale 1999, el año de su nombramiento como Grand Echanson. Tres años después, en Noviembre de 2008 cuando hice un viaje de consultoría y prospección del mercado colombiano para la bodega libanesa Château Kefraya, Fernando aprovechó la ocasión y me ofreció en Bogotá un almuerzo con una cata extraordinaria, de aquellas que sólo disfrutan los reyes, con los mejores vinos de su cava: el mítico Mouton Rothschild 1982, Cheval Blanc 1982, Château Lafite 1996 y Petrus 1991. Inolvidable ocasión, y una de las experiencias más bellas de mi vida vinícola.

Fernando España (derecha), Juanita España al frente, Hugo Sabogal (izq.)

En junio de 2012, aprovechando mi viaje a Colombia para celebrar los 90 años de mi padre, fui yo quien le rendí un homenaje a Fernando con un almuerzo en que degustamos 16 vinos, la mayoría del año 1998. Una cata sorpresa con botellas de mi cava que esperaban la ocasión.

Y nuestro ciclo se cerró en febrero de este año, cuando compartimos por última vez en familia. Fernando, a pesar de recuperarse de quebrantos de salud, me recibió en su casa y compartimos nuestro último vino y nuestro último whisky, no sin antes hacer una visita obligada a su cava, en la que por su invitación, yo debía escoger el vino para los comensales.

Gentilmente me ofreció un Vega Sicilia, pero pensé que era demasiado y que merecía una ocasión en que su salud estuviera más sólida para que lo disfrutara totalmente. Tenía claro que el vino debía ser español y recuerdo que pensé en un Somontano (muy cercano a sus origenes), pero al final me decidí por un Gran Vino de Rioja, Barón de Chirel 1998, el Reserva especial de la bodega de los Herederos de Marqués de Riscal. El vino estaba en un momento perfecto de evolución y elegancia y Fernando y todos lo disfrutamos con gran placer. La velada la cerramos con un fantástico Oban, uno de los rarísimos Malt Whisky de 14 años y miembro del Club de los Classic Malts.

Quisiera escribir más pero prefiero dejar mi memoria en ese último momento compartido, en familia, con María Teresa, Juanita y Fernando José, a quienes acompaño de corazón con la alegría de haber podido conocer y disfrutar momentos maravillosos con un enófilo consumado, un ser humano inmenso, un amigo completo, un maestro generoso y un inolvidable hombre del vino.

Descansa en paz amigo Fernando. Salud! Sláinte!

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