Rosas amarillas para decirle adios a “Gabo”

Gabriel García Márquez no murió de 100 años de soledad. Tenía apenas 87 cuando se durmió para no despertar, pero rodeado con el amor de su familia.

Tampoco murió de cólera, ni en ningún laberinto, sino en su casa, en Ciudad de México, donde desde hace apenas seis meses parece haber comenzado una danza mácabra para la literatura latinoamericana, en un ciclo que empezó con su gran amigo Alvaro Mutis el 22 de septiembre pasado, y continuó este año con los poetas Juan Gelman (enero 14) y José Emilio Pachecho (enero 26), y el filósofo y miembro de la Academia de la Lengua Luis Villoro.

Y ahora “Gabo”. La suya tampoco fue una muerte anunciada. Y menos una crónica. Al contrario, una historia y un legado de una magia increíble.

La última sonrisa del Premio Nóbel el 6 de marzo, día de su cumpleaños 87.

Agnóstico declarado, el Premio Nóbel de Literatura 1982, decidió morir el Jueves Santo, el mismo día que Úrsula Iguarán, la matriarca y compañera de José Arcadio Buendía, fundador de Macondo, el pueblo mágico en el universo del escritor colombiano.

Pero “Gabo” no murió ciegó a los 122 años, si no senil y olvidando gradualmente su memoria. Según relata el autor, Úrsula Iguarán (el personaje que le inspiró su abuela Tranquilina Iguarán Cotes, apasionada de  las  leyendas y de las  fábulas y que tanto influyeron en el infante), había perdido la cuenta de su edad ocupada en sostener a la familia insigne de Macondo.

Hace poco más de un mes, el pasado 9 de marzo (3 días después del cumpleaños de “Gabo”), había muerto en Bogotá su hermano menor, Gustavo García Márquez, de 78 años. Luego le sobrevino una infección pulmonar y de vías urinarias que obligó a su internación entre el 31 de marzo y el 8 de abril en el Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán, de la capital mexicana.

El prolífico escritor de Aracataca, había sido dado de alta y desde el 8 de abril recibía cuidados médicos en su casa, pero según varios allegados sufría mucho y estaba muy débil. Sus hijos llegaron y toda la familia pudo estar reunida y acompañarlo en el desenlace.

Tal vez, igual que su personaje, el escritor alcanzó a dar las últimas e inapelables instrucciones a los miembros del clan García Márquez para sus exequias, que han comenzado con millones de mensajes de condolencias y miles de rosas amarillas que cubrirán su féretro y lo acompañarán a su morada final, que hasta ahora es una incógnita. El escritor colombiano residía permanentemente en México desde 1981 y su obra cumbre “Cien años de Soledad” fue escrita en ese país, al igual que buena parte de sus textos más importantes.

Igual que Aureliano, Gabriel García Márquez, antes de llegar al suspiro final, “ya había comprendido que no saldría jamás de ese cuarto, pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o de los espejismos) sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres en el instante en que Aureliano Babilonia acabara de descifrar los pergaminos, y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre, porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra.”

Rosas amarillas para despedir a "Gabo", el genio literario del Realismo Mágico.

“Gabo” no ha muerto. Su genio es vital para la literatura universal y en su homenaje, invito a los amantes de su “realismo mágico” a que todos portemos en la solapa una rosa amarilla, aquella con la que el escritor se sentaba a diario frente a su máquina a crear sus textos universales.

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