Lágrimas olímpicas

Decantado el furor de de las competencias y luego de clausurados días atrás los Juegos Olímpicos de Londres, me han quedado grabadas algunas gestas deportivas que merecen gloria similar a los extensos titulares alcanzados por las estrellas del evento, Usaín Bolt, Michael Phelps y Mo Farah.

Félix Sánchez y su oro olímpico

Son historias distintas y no todas con medalla. Pertenecen a deportistas con vidas que no han sido siempre un jardín de rosas. La mayoría no tiene el respaldo de las poderosas organizaciones e infraestructuras deportivas de las grandes naciones industrializadas, ni los millonarios patrocinios de los fabricantes de implementos deportivos que gozan las figuras mundiales.

Crecidos en la carencia y forjados en el esfuerzo y el rebusque diario, para buen número de atletas latinoamericanos, el deporte es el camino para crecer dignamente, superar la pobreza, acariciar momentáneamente la gloria, acceder a una vivienda digna, ayudar económicamente a la familia y luego levantar la propia.

Por ello, sus principales rivales no son los atletas de otros países sino la angustia diaria, las carencias familiares, la incertidumbre permanente por un fúturo en el que el deporte queda a veces en segundo plano cuando es prioritario asegurar la alimentación y la salud.

Cómo hace años dijo un presidente latinoamericano, están afectados por “la enfermedad del subdesarrollo”, aunque algunos han tenido menos dificultades en ese contagio. La medicina constante ha sido un fuerte e intenso respaldo familiar que junto al esfuerzo diario ha sido fundamental para sus logros.

EN NOMBRE DE MI ABUELA

Lágrimas por la abuela

“Super” Félix Sánchez, el atleta dominicano bicampeón olímpico de 400 metros con vallas en Londres 2012 contagió con su llanto emocionado y permanente a un estadio que atónito y fascinado contempló como un campeón olvidado y condenado anticipadamente al ostracismo por algunos renombrados analistas, dió una lección ejemplar y reconquistó el primer lugar en el Olimpo deportivo sin importar su cercanía a los 35 años.

Cuatro años atrás, horas antes de su participación en Pekín, Sánchez -quien era el campeón olímpico y subcampeón mundial- recibió la noticia de la muerte de su abuela Lilian Peña, quien lo había criado y que en vida fue casi su madre. El dolor emocional fue tan fuerte que Félix no pasó la ronda clasificatoria en 2008.

Entonces se prometió a si mismo que llegaría a Londres para conseguir la medalla de oro en homenaje a ella. Ganó todas sus series y corrió la final llevando una foto suya con Lilian dentro de su uniforme y calzando unas zapatillas que bautizó abuela. El resto es historia.

PASOS DESDE LA SELVA MAYA

Erick Bernabé Barrondo, el joven marchista de 21 años que dio la primera medalla olímpica a Guatemala, nació en la aldea maya Chiyuc en San Cristóbal Verapaz, departamento de Alta Verapaz. Para llegar a su humilde vivienda hay que recorrer 200 kilómetros desde la capital Ciudad de Guatemala y luego otros 20 de trayecto de tierra hasta el municipio; es decir, la distancia de la prueba de marcha olímpica.

La consagración en Londres

A Erick lo impulsaron sus padres Dora y Bernardo, ambos atletas. Comenzó como fondista, pero debido a una lesión se dedicó a la marcha en las rutas de sus ancestros maya, una zona que etimológicamente traduce “tierra entre barrancos”.

Gracias a su victoria en los Juegos Panamericanos de 2011, el Comité Olímpico de Guatemala, el municipio, el ministerio de infraestructura y el Fondo guatemalteco para Vivienda, gestionaron la construcción de una casa en ladrillo para el atleta chapín y su familia de cuatro hermanos. El ahora subcampeón olímpico espera que su medalla ”inspire a los niños en mi país a dejar las armas y en vez de eso conseguir zapatos de entrenamiento. Si eso pasa, seré el hombre más feliz del mundo”, afirmó.

DE VENDEDOR DE LOTERIA A SUBCAMPEON OLIMPICO

El ciclista colombiano Rigoberto Urán comenzó a montar en una bicicleta que le regaló su padre, días antes de morir asesinado. Entonces, a los 14 años “Rigo” tuvo que asumir el trabajo de vendedor callejero de lotería para mantener a su madre y su hermana.

MI CASA POR UN BRONCE

La judoca colombiana Yuri Alvear, campeona mundial 2009 en la categoría de 70 kilos en Rotterdam (Holanda), llegó a Londres gracias a una invitación especial del Comité Olímpico internacional. Extrañamente la organización deportiva colombiana la había marginado del grupo, a pesar de haber sido medalla de bronce en los Juegos Panamericanos 2011 en Guadalajara y séptima en los olímpicos de Pekín.

Su medalla de bronce en Londres es el premio a una vida de esfuerzo constante, desde el bachillerato, cuando estudiaba en la mañana y entrenaba en las tardes, y luego la misma rutina en la Universidad, donde se graduó en 2009 de profesional del deporte.

Yuri viene de un hogar modesto. Su padre, Arnuy, maestro de construcción, levantó la familia a golpe de martillo, mientras su hija depuraba la técnica y dominaba el judo. En reconocimiento a su medalla en Londres, el municipio de Jamundí recibió a Yuri como héroe y le obsequió una nueva casa. Yuri soñaba con la medalla pero nunca imaginó el premio por el bronce.

EL CRISTO DE ARTHURZINHO

En 112 años de historia olímpica, la gimnasia latinoamericana nunca había logrado una medalla.

Hasta que Arthur Nabarrete Zanetti, un brasileño de 22 años, 1,56 metros de altura y amante de la música reggae de Bob Marley, subió a las anillas en Londres y ganó el oro.

Tutu (frijol) para los gimnastas, Rato (ratón) para su familia o Arthurzinho (arturito) para sus compañeros de colegio, consiguió lo que parecía un imposible: venció al campeón olímpico y cuatro veces campeón mundial, el chino Chen Yibing, gracias a una sobresaliente ejecución en los cristos y las planchas.

Arthur nació en São Caetano do Sul, un municipio del área metropolitana de Sao Paulo con el mejor índice de desarrollo humano de Brasil. Pequeño y tímido, desde los 5 años practica gimnasia, sin faltar a los entrenamientos y con el apoyo permanente de la familia.

En 2008 en Pekín, a los 17 años, había sido reserva de la gran figura Diego Hypólito, el primer latinoamericano campeón mundial de gimnasia. Debido a su biotipo pequeño y musculoso, a Arthur se le dificultan las barras paralelas y por ello en 2009 se dedicó exclusivamente a las anillas. En ellas ya impuso su doctrina.

EL ALBAÑIL QUE PERSIGUE A BOLT

En 2009, Álex Quiñónez, dejó Esmeraldas, su ciudad natal en la costa ecuatoriana, y abandonó por dos años el atletismo para buscar mejor vida en Guayaquil y conseguir dinero para sostener a su familia. Había estudiado becado y terminado su bachillerato en química y biología. Entonces trabajó como pintor de casas y albañil e incluso limpió parabrisas de los autos en las calles.

Pero no resistió y en 2011 volvió a su casa en el barrio La Guacharaca, al sur del puerto, en un sector sin servicios públicos y con riesgo de deslizamientos de tierra.

Su madre Ana, siempre lo motivó a retornar al deporte. Álex, “el clon”, como le llaman sus amigos, buscó a su entrenador y regresó a la pista de tierra del viejo estadio Folke Anderson en Esmeraldas, acompañado de la música salsa que le apasiona (dice que le da velocidad en los entrenamientos) y del sueño de salir de la pobreza gracias al atletismo.

Cinco meses después, en los Panamericanos de Guadalajara (2011) fue sexto en los 200 metros y consiguió el registro mínimo para Londres. Y en la capital británica, el 9 de agosto -dos días antes de su cumpleaños 23- sorprendió al mundo y terminó séptimo en la final ganada por Usain “el rayo” Bolt. Dos días antes, “el clon” había ganado su serie clasificatoria y conseguido su mejor marca personal, 20.28 segundos.

Dice su madre que en la adolescencia, Álex Quiñónez puso pedazos de cartón a sus zapatos para poder competir en torneos nacionales de atletismo. Ahora tiene zapatillas de entrenamiento, pero las cuida al máximo y apenas gasta dos o tres pares al año porque ha sufrido mucho para conseguirlas -desde la época en que tenía que correr en la playa o en las calles- y no tiene la fortuna de los buenos atletas estadounidenses que son becados por sus universidades y entrenan sin carencias.

Álex merece más. Por lo pronto, la Federación Deportiva de Esmeraldas le dará al atleta una casa para que viva con su familia. Pero su lucha es contra el reloj y la falta de dinero. En un año ha mejorado notablemente sus marcas: en los 200 metros pasó de 20.49 en Guadalajara a 20.28 en Londres y en los 100 metros consiguió 10.27 en junio en Bogotá.

¿Que sería de este aguerrido ecuatoriano si pudiera estar consagrado 100% al atletismo y entrenando con apoyo y asesoría técnica en las pistas sintéticas de Regupol de las universidades estadounidenses o en los grandes estadios atléticos del planeta?.

Álex Quiñónez está en proceso de desarrollo físico y deportivo y creo que podría superar al gran velocista brasileño Robson Caetano da Silva (medalla de bronce en 200 metros en los Juegos Olímpicos de Seúl en 1988) y además ser el primer latinoamericano en superar la mítica barrera de los 10 segundos en los 100 metros.

Un comentario en “Lágrimas olímpicas”

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