El espejo maya

La historia necesita al menos dos caras para ser contada y acercarse a la verdad.

La que divulgaron los conquistadores españoles escrita por sus cronistas y perpetuada por sus educadores y evangelizadores, tiene muchos vacíos y mentiras mal contadas.

La revelación me llegó en la Pinacoteca de Paris donde se exhibe hasta el 10 de junio una extraordinaria y única exposición dedicada a las máscaras de jade de los Mayas y que retrasa el magnífico trabajo de orfebrería de esta cultura indoamericana antes de la llegada de los españoles al continente americano.

Testimonio del pasado y del poder divino

Los mayas conocían el espejo y hay pruebas testimoniales de la época clásica tardía (años 600-900 después de Cristo) que desmienten la teoría española según la cual gracias a los espejos y al temor a su imagen reflejada en ellos, los indios americanos se rendían.

Al menos esa historia fue perpetuada por los educadores religiosos, entre ellos el manual escolar del sacerdote jesuita Rafael María Granados, de amplio uso en décadas pasadas y en el cual aprendí la historia en los años 70.

En la exposición en la Pinacoteca de Paris, la pieza 103 corresponde a dos magníficos espejos circulares de 24 cms de diámetro fabricados en mosaico de pirita sobre un disco de silex y provenientes de una tumba funeraria en Tenam Puente, en el estado de Chiapas, de propiedad del Museo regional de Tuxtla Gutiérrez.

Para explicación, la pirita es un mineral volcánico muy frecuente en los sulfuros, de color amarillo latón y con muchos brillos, al que se conoce como “el oro de los tontos”. Está asociado con el famoso refrán popular “No todo lo que brilla es oro” debido precisamente a sus características.

La civilización Maya era una de las más avanzadas del continente a la llegada de los conquistadores españoles y durante la época clásica se desarrollaron dos calendarios (uno civil de 365 días y otro religioso de 260 días), la escritura mediante glifos, la pintura mural, la cerámica policroma y las grandes pirámides en Copán y Palenque.

Su historia no fue bien contada por los conquistadores y merece ser rescatada.

Revelación del pasado, iluminación del presente

Los mayas no inventaron el espejo en vidrio porque nunca conocieron un  proceso secreto que inventaron los venecianos en Murano hacia el año 1507, tres lustros después de haber llegado los españoles a América. Pero si fabricaban espejos a partir de la pirita y de otros minerales como la mica y ciertos cuarzos, aunque su uso estaba probablemente restringido a las élites y jefes religiosos.

Debemos recordar que en épocas remotas, los espejos eran chapas convexas de plata o de cobre fundido con estaño, pero se oxidaban y se volvían oscuros y opacos por acción del aire. Esos eran los primeros espejos que trajeron los españoles a América en 1492 y sólo hasta mediados de los años 1.500, el gremio veneciano de fabricantes de espejos iniciaron su popularización y exportación.

La conquista española fue pues, no con espejos, sino con mosquetes de pólvora, caballos y yelmos y armaduras de metal con las que se protegían sus guerreros. Los mayas eran en ese momento una civilización en declive debido a luchas internas entre el norte y su capital en Chichén Itzá respaldada por los Toltecas de México central y la capital en Mayapán.

Cuando los españoles desembarcaron en la península de Yucatán en el siglo XVI encontraron ciudades mayas abandonadas en medio de la jungla y sus relatos llegaron hasta el Rey, pero fueron archivados y olvidados. Y durante los siguientes tres siglos, los conquistadores se dedicaron a destruir las culturas autóctonas y a negar su pasado.

Pero el espejo maya estaba ahí para recuperar la historia.

Un comentario en “El espejo maya”

  1. Carla dice:

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