Intermezzo

Llevaba poco más de cincuenta días sin  ocuparme de Mi Rincón, abrumado por una confluencia extraña de cuestionamientos y preocupaciones, análisis de mi blog, dilemas personales, excesiva información y emociones acumuladas (vinos, Fórmula 1, encuentros y exposiciones artísticas), además de mi participación como catador en los dos concursos internacionales más importantes de vinos de Francia (Vinalies Internationales) y de España (Bacchus), visita a los viñedos de Ribera del Duero y el surgimiento sorpresivo de nuevos proyectos vinícolas y periodísticos.

No es una excusa. Simplemente tenía sobrecargado mi sistema y la mente. Pero hace ya varios años que comprendí que nunca dejaré de escribir.

La señal me la dió en 1994 en Bruselas el poeta, humanista y escritor mexicano Octavio Paz, premio Nobel de Literatura (1990), después de una charla en la antigua Casa de América Latina en la rue Berckmans, a la cual asistimos jóvenes periodistas del taller literario en que participaba con mi hermano Manuel José y mi gran amigo Gerardo Cárdenas. Destaco que ambos son hoy escritores dedicados y publicados.

Después de varios días sin que me surgiera un texto ni una poesía de desahogo, yo estaba en un limbo y no conseguía recuperar la vena. Le conté al Nobel mi problema y le pregunté ¿qué debería hacer?. A sus 80 años, el autor del poemario “Libertad bajo palabra” y del gran ensayo “El laberinto de la soledad”, me respondió con tierna y profunda sererenidad:

“No te preocupes que  todos tenemos momentos de sequía literaria y yo mismo la he experimentado en varias ocasiones de mi vida. Lo importante es nunca dejar de escribir. No renuncies a volver a hacerlo”.

Durante mucho años escribí poesía (o intenté escribirla), impulsado por nostalgias, soledades, amistad, amores y despechos, angustias, temores, ilusiones y sueños. Era una forma de energía vital que me acompañaba y la continuidad de una indisciplina literaria que se inició cuando niño y que mi temprana vida periodística terminó por descarrilar; si es que alguna vez tuvo una ruta distinta a la de ser una forma de catarsis. Tal vez un día encuentre finalmente la respuesta.

Mis primeras letras en una reliquia alemana de los años 30.

Lo cierto es que empecé a escribir desde el colegio y a leer mucha historía y geografía, sobre viajes, arte y de Fórmula Uno. Mis primeras incipientes letras literarias fueron unos pocos cuentos cortos, luego aproximaciones a poemas y pensamientos de vivencias. Cuando estaba enamorado, era más frenético el ritmo pero igualmente desordenado. Recuerdo una étapa a mediados de los años 80 cuando escribía diariamente -tarde en la noche- el significado emocional de mi jornada. Un amor frustrado es el dueño de esa letras aunque no creo que ella las conserve.

En esas etapas de euforia emocional, la creatividad era floreciente, paralela a mi entrega total al periodismo radial y de televisión. Entonces me vine a Europa en 1989 y la poesía se convirtió en uno de mis refugios y pasiones, junto al vino, los whiskies de malta, los viajes de descubrimiento y nuevos amores.

Mucho ha cambiado. De aquellos poemas escritos en papeles sueltos, servilletas, contra-carátulas de cajetillas de cigarrillos (luego cambié definitivamente a la pipa), etiquetas de vino y cuanto papel descubriera, adquirí un defecto y una disciplina. La tara es que no puedo escribir directamente poesía ni pensamientos en una computadora o en un portable. Me cuesta inmenso trabajo hacer literatura en un computador. En ese sentido me identifico con otro premio Nobel, el español Camilo José Cela (1989), quien toda su vida escribió a mano.

Tengo ese claro recuerdo de la extensa entrevista que nos dio a Radio Caracol en septiembre de 1998 cuando dirigí la producción especial de transmisiones internacionales para celebrar las Bodas de Oro, los primeros 50 años de la cadena radial más importante de Colombia.  Mi memoria me la confirma el escritor y periodista español Jesús Marchamalo:

“Camilo José Cela escribía a mano, en hojas sueltas, con pluma y tintero. Tenía una letra minúscula de líneas apretadas que corregía una y otra vez llenándola de notas, añadidos y tachaduras que ocultaban las palabras y las frases de forma tan minuciosa que era imposible ver qué había escrito debajo. El manuscrito resultaba al final tan ininteligible que su mujer, Rosario Conde, debía recomponerlo tras un costoso proceso artesanal en el que utilizaba una lupa y grandes dosis de paciencia”.

Yo al menos aprendí a escribir en la antigua máquina portable Continental Wanderer de mi padre, luego la Olivetti Lettera 32 y la última de todas fue una Olympia Traveller que debe estar en algúna caja pérdida en la bodega. Aclaro que nunca pude con las máquinas de escribir eléctricas. Me las salté, y directamente pasé en los años 90 a los voluminosos computadores de disquetes flexibles (Floppy) y a los primeros portables Toshiba.

En varios de aquellos discos, hoy piezas de museo, están consignados varios de esos poemas sufridos que yo, al igual que la esposa de Cela- transcribía y terminaba de pulir con las teclas. Espero un día recuperar y transferir esos textos, aunque por ahora los manuscritos son mi salvación. Ah! y en uno de esos disquetes también están  las primeras cinco páginas de una incipiente e intitulada novela de vivencias europeas cuya trama he olvidado.

Esas experiencias indisciplinadas me obligaron a adquirir otro orden. Desde el siglo pasado llevo permanentemente conmigo la clásica libreta Moleskine para anotar mis visiones, dejar fluir mis pensamientos y relatar la cotidianidad que contemplan mis ojos, guardar imágenes e ideas que tal vez un día me lleven a textos más elaborados. Y cuando mis viajes son parte del mundo vinícola, me acompaña una segunda Moleskine. De esas páginas sigo extrayendo textos que transcribo para Mi Rincón y nuevos proyectos.

No he dejado de escribir. Es un intermedio, igual que la poesía, que desde mi feliz matrimonio no he vuelto a intentar. Y en el caso de este blog, simplemente por un corto período se me había secado la savia.

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